Viaje a Cracovia I. Descenso al infierno
Fui a Cracovia por casualidad. A mi amiga le falló su acompañante inicial y me invitó a ir con ella. Mi memoria en temas geográficos e históricos funciona sólo a corto plazo, por lo que no sabía nada sobre el lugar, ni siquiera recordaba que se encontraba en pleno epicentro de la ocupación nazi y de los campos de exterminio de Polonia. Me encontré por casualidad una invitación de viaje al infierno de la humanidad, y acepté el destino, esperando que algo bueno saliera de tan dura experiencia.
Lo primero que visitamos fueron la minas de sal de Wieliczka. Primera bajada al inframundo, esta vez en su lado más hermoso, a pesar de la dureza que supone conocer el trabajo minero. Nuestro guía, un señor polaco, educado y encantador, con un perfecto español, nos explicó toda su historia, y nos mostró las maravillas que se esconden en la profundidad de la tierra: lagos, riachuelos de salmuera, estatuas de sal, y una capilla imponente construida enteramente en ese material. Allí me sentí llena de energía y vida, a pesar de que poco a poco la presión fue despertando un intenso dolor de cabeza.
Estatua de sal del Rey Casimiro. Fotografía de Laura Argente
Al día siguiente nos levantamos a las 4:30 de la mañana para ir a Auschwitz I y Auschwitz II- Birkenau. Debo confesar que yo iba muy temerosa, y me sentía muy alejada del morbo que suscitan el sufrimiento y la maldad cuando los contemplas desde la superficialidad perversa. Por ello me armé de valor y me ocupé de encontrarle un sentido a la visita: quería rendir homenaje a las víctimas de tal horror, a comprobar con mis propios ojos que el mal -el más oscuro- existe verdaderamente, y a localizar a la víctima y al verdugo en mi propio interior.
Legitimada por mi propio sentido quiero poner en palabras lo que vi: seres humanos que, poseídos por fuerzas inconscientes, trataban a otros seres humanos peor que a animales; les daban esperanzas de futuro mientras los dirigían a la muerte sólo para que no mostraran resistencia; usaban estas falsas esperanzas para que llevaran consigo sus objetos de valor y poder apropiarse de ellos -contemplando esos utensilios de cocina que nunca fueron usados y que encarnaban la esperanza comenzó mi llanto-; dejaban vivir sólo a aquellos que eran aprovechables como fuerza de trabajo e inventaban toda clase de torturas espeluznantes, sólo propias del mismo demonio.
Todos, incluso yo misma,- me decía mientras pisaba aquellas piedras y miraba el espanto, escuchaba los gritos y las horas - somos capaces de tanto mal; si otros seres humanos los han hecho, yo también tengo esa oscura capacidad. Mi pleglaria duró tanto como la visita. Recomiendo a todos los que visiten Auschwitz o cualquier campo de exterminio, que no se ocupen solo de las víctimas, sino de los criminales, y también de su propia alma.
Legitimada por mi propio sentido quiero poner en palabras lo que vi: seres humanos que, poseídos por fuerzas inconscientes, trataban a otros seres humanos peor que a animales; les daban esperanzas de futuro mientras los dirigían a la muerte sólo para que no mostraran resistencia; usaban estas falsas esperanzas para que llevaran consigo sus objetos de valor y poder apropiarse de ellos -contemplando esos utensilios de cocina que nunca fueron usados y que encarnaban la esperanza comenzó mi llanto-; dejaban vivir sólo a aquellos que eran aprovechables como fuerza de trabajo e inventaban toda clase de torturas espeluznantes, sólo propias del mismo demonio.
Todos, incluso yo misma,- me decía mientras pisaba aquellas piedras y miraba el espanto, escuchaba los gritos y las horas - somos capaces de tanto mal; si otros seres humanos los han hecho, yo también tengo esa oscura capacidad. Mi pleglaria duró tanto como la visita. Recomiendo a todos los que visiten Auschwitz o cualquier campo de exterminio, que no se ocupen solo de las víctimas, sino de los criminales, y también de su propia alma.
Por ello esta excursión ha sido liberadora; el viaje al infierno me ha transformado. Ahora siento que formo parte de la Historia de la Humanidad de un modo más auténtico y humano.
En el próximo artículo relataré la sorpresa que Cracovia nos guardaba para la última noche, y cómo su gente ha ganado mi corazón para siempre.




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