Apuntes sobre el arte. Obra de arte y proceso creativo

   Hace algún tiempo prometí en otro artículo no volver al tema del lado kantiano de Jung, pero fue una promesa que, debo confesar, ocultaba un verdadero interés que no puedo reprimir. Muchos años  en la facultad de Filosofía de la Complutense escuchando las virtudes kantianas, hacen a una más crítica con sus estragos teóricos y políticos.
  Recurro de nuevo a Hegel en la Fenomenología del Espíritu, para descartar un cierto temor insistente a ser criticado, a invadir campos del saber que no son propios y perder por ello la  legitimidad del saber conquistado. Un temor que, por otro lado, la propia historia ha justificado. Por ello tenemos ya poco que perder.
   Remito al lector interesado en estos temas a la obra de Jung Sobre el fenómeno del espíritu en el arte y en la ciencia. Yo por mi parte me encuentro a varios miles de kilómetros de mi ejemplar, de modo que me limitaré a trazar unas distinciones que a mi parecer aclaran un poco las reflexiones sobre el arte.
   Mi lectura de esta obra, por cierto muy enriquecedora, me hizo preguntarme cómo puede ser que la psicología, la ciencia del alma, no tenga derecho a ocuparse y pronunciarse sobre lo que sea uno de los productos del alma por excelencia, a saber, la obra de arte.  Pareciera que sólo fuera legítimo al modo kantiano ocuparse del proceso de creación. Dicho sea de paso, Jung una vez más parece saltarse sus propias condiciones, para beneficio de la humanidad.
   El pensamiento junguiano concibe la obra de arte como símbolo, y el símbolo es, en primer lugar, un transformador de la energía psíquica. Es la forma en la que el inconsciente se expresa, bien en sueños, bien en obras de arte.
   Por su propia naturaleza el símbolo es una realidad inagotable. Remarco esta palabra porque me parece importante no confundirla con incognoscible, palabra que nos sitúa en el juego kantiano del que queremos escapar. Es la propia naturaleza del símbolo, y no los límites del conocimiento humano, la que hace que una obra de arte no se agote nunca y se pueda mirar desde mil puntos de vista, con infinidad de matices diferentes y que el paso de los siglos abra nuevas interpretaciones. 
   También es importante matizar que el símbolo no se conoce, el símbolo se interpreta. Por ello de nada sirven aquí las categorías kantianas del entendimiento, y además, precisamente es la psicología analítica la que tiene mucho que decir sobre la interpretación de símbolos, y por tanto, de la obra de arte. La interpretación es sutil, abierta, como un diálogo entre el símbolo y el sujeto. En cambio, el conocimiento racional es exacto, directo y conclusivo, y en él el sujeto no tiene nada que decir, si quiere dar paso a la venerada objetividad.
   Sigamos con el proceso creativo. Proceso, del latín processus. Se compone de pro- , hacia adelante, y cedere, caminar, marchar. De este modo parece que estamos ante algo que se mueve en una dirección, y que por tanto, posee una finalidad. ¿Cuál será el fin, la intención del arte?
   Según mi modo de ver, afirmar que se trata de una catarsis al modo aristotélico, o de una liberación de la voluntad de vivir al modo de Schopenhauer es quedarse en la superficie del asunto. Pasaré por alto la opinión freudiana de que el arte es un síntoma personal de algún desequilibrio psicológico. Si el arte habla a la humanidad y tiene algo que decir, esto es, responde a una finalidad concreta, a una necesidad, me cuesta pensar en la mera liberación de las emociones, el contemplar el mundo con distancia, o compartir algún tipo de trauma. Debo aclarar que lo que entiendo por arte poco tiene que ver con el puro ocio.


            Después del espectáculo Giselle en la Ópera Estatal de Varna                                                                   

   Como bailarina he de decir que lo que me empuja a bailar no es la liberación de mis emociones, ni alejarme del mundo, ni desahogarme de mis problemas. Cuando bailo, mis emociones bailan conmigo y no me dejan en paz; el mundo, su dura realidad, está más presente que nunca, y los traumas permanecen intactos.
   Lo que me empuja a bailar es más bien otra cosa. Una especie de necesidad irrefrenable de conquistar la oscuridad, de conquistar el cuerpo, la materia, de soportar el dolor, el agotamiento, de sujetar todo eso, y entonces, compartir ese pequeño triunfo, esa conquista.
   Por eso creo que la finalidad del proceso creativo, es, una vez más, la necesidad de iluminar contenidos inconscientes que pertenecen a la humanidad, necesidad de la que se hace cargo un individuo llamado artista.  A esto se le llama expresión. El arte es, pues, expresión transformadora de contenidos inconscientes. Puede tratarse, por ejemplo, del estado en el que se encuentra el Espíritu en un momento dado, y que necesita ser dicho, o de las eternas pasiones del ser humano que necesitan ser conocidas.
   Eso no quita para que algo de ocio, algo de escapar de la realidad, algo de olvidarse de los problemas personales, se cuele en el arte. Pero si tenemos una idea de lo que es el arte, ya hemos ganado mucho.
   

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