Libertad: Los límites del conocimiento
Gracia sencilla,
Ningún defecto.
Aquí, en la etapa más alta, se desprende uno de todo adorno. Ya la forma no oculta el contenido, sino que permite que éste alcance su plena valía. La gracia suprema no consiste en una ornamentación exterior de la materia, sino que es sencilla, objetiva conformación.
( I Ching, versión comentada por R. Wilhelm)
Hace tiempo, en una larga reunión de trabajo un sábado por la tarde, me preguntaron qué es para mi bailar. Y yo, mientras mis compañeras contestaban la misma pregunta, pensaba algo para salir del paso ante una pregunta tan abstracta. No sé si la fiebre que tenía en ese momento me inspiró, o si rescaté en la urgencia del momento alguna reflexión antigua, o quizá fue el miedo a quedarme muda y soltar un tímido "No lo sé", el caso es que dije que para mí bailar, es más, bailar ballet, es una forma de sentirme libre en la aceptación de unas reglas muy estrictas.
La libertad en la limitación, ese es el tema del que trata la vida, y también el tema de este artículo. Pero he empezado por la anécdota y por el final. Vayamos al principio.
Estas Navidades fui con mi novio a una librería para comprar un libro que quería regalar a una persona muy querida (otro episodio significativo para mí y del que me gustaría hablar en otra ocasión). El caso es que nos dirigimos a la sección de psicología para buscar un libro de Jung, y entre ellos encontré un librito pequeño, escrito por una de sus colaboradoras más cercanas, Aniela Jaffé, titulado El Mito del Sentido en la obra de C. G. Jung. No pude resistirme, y dispuesta como estaba a disfrutarlo durante las vacaciones, mi novio acabó regalándomelo por "pre-reyes".
Con sorpresa y cierto estupor encontré que ese libro declara a Jung kantiano, es más,explica que se impuso a sí mismo una "restricción epistemológica" fiel a la que Kant estableció en su Crítica de la Razón Pura, a saber, que la ciencia (o el conocimiento) sólo es posible sobre la experiencia, (es decir, sobre los objetos que experimentamos), y que por tanto la Metafísica, que versa sobre objetos como Dios y el alma, no es una ciencia. A continuación de esto, la autora viene a decir que conforme Jung avanzaba en edad le iba siendo más difícil respetar esa restricción que él mismo se había impuesto. Al leer esto no pude evitar sonreírme y pensar que no podía ser de otra manera.
Yo ya intuía que Jung vivió una suerte de conflicto interno en relación con este tema, en el que su talante de científico y psiquiatra que se atenía a los hechos en sus descubrimientos, chocaba con su espíritu creativo y la búsqueda del sentido.Por lo demás, es algo anecdótico en su obra, algo sobre lo que necesito detenerme para pasar página.
Inmediatamente esto me llevó a pensar en Hegel y a recuperar mi eternamente retomada y aplazada lectura de la Fenomenología del Espíritu, con la esperanza de ayudar, y de ayudarme a mí misma, en este gran conflicto. Explicaré por qué.
Siempre me he preguntado el motivo por el que Jung, conocedor como era de la historia de la filosofía (a menudo se refiere a Platón, a Leibniz, a Kant, a Schopenhauer y a Nietzsche), no se hubiera encontrado con Hegel. Pues bien, Hegel comienza diciendo, con palabras muy duras, que ese (kantiano) distinguir entre fenómeno y noúmeno-esto es, entre la cosa percibida y lo que la cosa sea en sí misma-oculta bajo la forma de rigor científico, cierto miedo al saber. No hay manera de saber qué sea la cosa al margen de ser conocida, ni es pertinente preguntárselo, porque eso nos desvía del camino del conocimiento y nos detiene en una suerte de escepticismo. Hay, digamos, que ponerse manos a la obra, y trabajar sin escrúpulos.
Un siglo después, el experimento del gato de SchrÖdinger vino a corroborar que conciencia y realidad son inseparables. Las distinciones que hay que hacer me parece que son otras.
Quiero mencionar los dos escritos de Jung en los que, a mi parecer, resalta con mayor fuerza ese conflicto: por un lado los Siete Sermones a los Muertos, escrito entre 1920 y 1925, editado varias veces de forma privada y sin copyright hasta 1961; por el otro, una carta al director de una revista, titulada "Religión y psicología: Una respuesta a Martin Buber", publicada en 1952.
En la carta, escrita en un tono muy duro, Jung se defiende de haber sido tachado de gnóstico, y se refiere a los Siete Sermones-que Buber ha utilizado para justificar su diagnóstico- como "un pecado de juventud", por el que ahora se siente juzgado por herejía. Añade que este juicio lo han creado "los metafísicos, es decir, unas personas que por ciertas razones creen conocer las cosas incognoscibles del mas allá". Como vemos, la referencia a Kant es incontestable
Pues bien, vayamos a ese pecado de juventud, escrito en forma de poema y firmado bajo el pseudónimo de Basílides de Alejandría. En él, los muertos piden a Basílides que les enseñe. En el "Primer Sermón" Basílides comienza con la Nada y la identifica con la plenitud, puesto que lo eterno no tiene cualidades. A ello opone el mundo creado, puesto que éste sí tiene cualidades, y añade que la diferenciación es creación. La esencia del hombre también es la diferenciación (como vimos en otro artículo, la actividad propia del entendimiento), y el estado no diferenciado, (inconsciente, podríamos decir en términos psicológicos, o como Hegel lo llamó, "la noche en la que todos los gatos son pardos) son un gran peligro para los seres creados, pues en él se disuelven perdiendo su esencia.
Por este motivo debemos distinguir, osea, hacer conscientes, los pares de opuestos tales como la luz y la sombra, la energía y la materia, el tiempo y el espacio, etc. En la plenitud o en la nada, en el Pleroma en términos gnósticos, estos opuestos se eliminan mutuamente, pero en nosotros estos opuestos están en acción-y esto precisamente es el movimiento- porque en nosotros "el pleroma está dividido en dos", es decir, poseemos estas cualidades "bajo el signo de la diferenciación". No debemos por tanto identificarnos con el lado luminoso, o bello, de las cosas o de nosotros mismos, olvidando su opuesto. De hacerlo así, seríamos víctimas de ello, y nos fusionaríamos con el Pleroma. Debemos más bien, no perder de vista los pares de opuestos, mantener la tensión y tener bien presente que somos nosotros los que los creamos con nuestro entendimiento.
Releyendo la introducción de M. Jiménez Redondo a su traducción de la Fenomenología del Espíritu, encuentro las siguientes afirmaciones de Hegel referidas a Platón, a saber: "Al hablar de la unidad del ser y la nada ponemos acento en la unidad, y entonces desaparece la diferencia (...)Pero Platón lo que busca es mantener a la vez en pie esa diferencia".No obstante, añade, "no en todos los diálogos de Platón se llega a esa determinación; ese alto sentido está contenido en especial en el Filebo y en el Parménides."
En el Filebo Platón investiga la naturaleza del placer. Parte del placer sensible y lo define como lo infinito. En palabras de Hegel, para la reflexión lo infinito es lo superior, lo supremo; pero lo infinito es precisamente lo indeterminado. Peras, el límite, parece ser peor que lo apeiron, lo carente de límites, pero para Platón es al revés. El límite, lo limitado, es lo verdadero, lo que se limita a sí mismo; en cambio lo ilimitado es todavía abstracto (inconsciente, de nuevo en términos psicológicos). "El placer es lo ilimitado que no se determina y circunscribe a sí mismo, sólo el nous (entendimiento) es el determinar activo.(...) Lo finito es el límite, la proporción, la medida, la libre determinación inmanente, con la que y en la que está la libertad"
Volviendo al principio, que era el final, estos límites son los que yo busco conquistar en la danza para sentirme libre. Éstos, los pares de opuestos, y no la diferencia entre fenómeno y noúmeno, deben ser nuestras herramientas de trabajo. Distinguir lo que nosotros percibimos de lo que sea la cosa en sí no nos lleva a ningún sitio, más que a guardar silencio...
Ningún defecto.
Aquí, en la etapa más alta, se desprende uno de todo adorno. Ya la forma no oculta el contenido, sino que permite que éste alcance su plena valía. La gracia suprema no consiste en una ornamentación exterior de la materia, sino que es sencilla, objetiva conformación.
( I Ching, versión comentada por R. Wilhelm)
Hace tiempo, en una larga reunión de trabajo un sábado por la tarde, me preguntaron qué es para mi bailar. Y yo, mientras mis compañeras contestaban la misma pregunta, pensaba algo para salir del paso ante una pregunta tan abstracta. No sé si la fiebre que tenía en ese momento me inspiró, o si rescaté en la urgencia del momento alguna reflexión antigua, o quizá fue el miedo a quedarme muda y soltar un tímido "No lo sé", el caso es que dije que para mí bailar, es más, bailar ballet, es una forma de sentirme libre en la aceptación de unas reglas muy estrictas.
La libertad en la limitación, ese es el tema del que trata la vida, y también el tema de este artículo. Pero he empezado por la anécdota y por el final. Vayamos al principio.
Estas Navidades fui con mi novio a una librería para comprar un libro que quería regalar a una persona muy querida (otro episodio significativo para mí y del que me gustaría hablar en otra ocasión). El caso es que nos dirigimos a la sección de psicología para buscar un libro de Jung, y entre ellos encontré un librito pequeño, escrito por una de sus colaboradoras más cercanas, Aniela Jaffé, titulado El Mito del Sentido en la obra de C. G. Jung. No pude resistirme, y dispuesta como estaba a disfrutarlo durante las vacaciones, mi novio acabó regalándomelo por "pre-reyes".
Con sorpresa y cierto estupor encontré que ese libro declara a Jung kantiano, es más,explica que se impuso a sí mismo una "restricción epistemológica" fiel a la que Kant estableció en su Crítica de la Razón Pura, a saber, que la ciencia (o el conocimiento) sólo es posible sobre la experiencia, (es decir, sobre los objetos que experimentamos), y que por tanto la Metafísica, que versa sobre objetos como Dios y el alma, no es una ciencia. A continuación de esto, la autora viene a decir que conforme Jung avanzaba en edad le iba siendo más difícil respetar esa restricción que él mismo se había impuesto. Al leer esto no pude evitar sonreírme y pensar que no podía ser de otra manera.
Yo ya intuía que Jung vivió una suerte de conflicto interno en relación con este tema, en el que su talante de científico y psiquiatra que se atenía a los hechos en sus descubrimientos, chocaba con su espíritu creativo y la búsqueda del sentido.Por lo demás, es algo anecdótico en su obra, algo sobre lo que necesito detenerme para pasar página.
Inmediatamente esto me llevó a pensar en Hegel y a recuperar mi eternamente retomada y aplazada lectura de la Fenomenología del Espíritu, con la esperanza de ayudar, y de ayudarme a mí misma, en este gran conflicto. Explicaré por qué.
Siempre me he preguntado el motivo por el que Jung, conocedor como era de la historia de la filosofía (a menudo se refiere a Platón, a Leibniz, a Kant, a Schopenhauer y a Nietzsche), no se hubiera encontrado con Hegel. Pues bien, Hegel comienza diciendo, con palabras muy duras, que ese (kantiano) distinguir entre fenómeno y noúmeno-esto es, entre la cosa percibida y lo que la cosa sea en sí misma-oculta bajo la forma de rigor científico, cierto miedo al saber. No hay manera de saber qué sea la cosa al margen de ser conocida, ni es pertinente preguntárselo, porque eso nos desvía del camino del conocimiento y nos detiene en una suerte de escepticismo. Hay, digamos, que ponerse manos a la obra, y trabajar sin escrúpulos.
Un siglo después, el experimento del gato de SchrÖdinger vino a corroborar que conciencia y realidad son inseparables. Las distinciones que hay que hacer me parece que son otras.
Quiero mencionar los dos escritos de Jung en los que, a mi parecer, resalta con mayor fuerza ese conflicto: por un lado los Siete Sermones a los Muertos, escrito entre 1920 y 1925, editado varias veces de forma privada y sin copyright hasta 1961; por el otro, una carta al director de una revista, titulada "Religión y psicología: Una respuesta a Martin Buber", publicada en 1952.
En la carta, escrita en un tono muy duro, Jung se defiende de haber sido tachado de gnóstico, y se refiere a los Siete Sermones-que Buber ha utilizado para justificar su diagnóstico- como "un pecado de juventud", por el que ahora se siente juzgado por herejía. Añade que este juicio lo han creado "los metafísicos, es decir, unas personas que por ciertas razones creen conocer las cosas incognoscibles del mas allá". Como vemos, la referencia a Kant es incontestable
Pues bien, vayamos a ese pecado de juventud, escrito en forma de poema y firmado bajo el pseudónimo de Basílides de Alejandría. En él, los muertos piden a Basílides que les enseñe. En el "Primer Sermón" Basílides comienza con la Nada y la identifica con la plenitud, puesto que lo eterno no tiene cualidades. A ello opone el mundo creado, puesto que éste sí tiene cualidades, y añade que la diferenciación es creación. La esencia del hombre también es la diferenciación (como vimos en otro artículo, la actividad propia del entendimiento), y el estado no diferenciado, (inconsciente, podríamos decir en términos psicológicos, o como Hegel lo llamó, "la noche en la que todos los gatos son pardos) son un gran peligro para los seres creados, pues en él se disuelven perdiendo su esencia.
Por este motivo debemos distinguir, osea, hacer conscientes, los pares de opuestos tales como la luz y la sombra, la energía y la materia, el tiempo y el espacio, etc. En la plenitud o en la nada, en el Pleroma en términos gnósticos, estos opuestos se eliminan mutuamente, pero en nosotros estos opuestos están en acción-y esto precisamente es el movimiento- porque en nosotros "el pleroma está dividido en dos", es decir, poseemos estas cualidades "bajo el signo de la diferenciación". No debemos por tanto identificarnos con el lado luminoso, o bello, de las cosas o de nosotros mismos, olvidando su opuesto. De hacerlo así, seríamos víctimas de ello, y nos fusionaríamos con el Pleroma. Debemos más bien, no perder de vista los pares de opuestos, mantener la tensión y tener bien presente que somos nosotros los que los creamos con nuestro entendimiento.
Releyendo la introducción de M. Jiménez Redondo a su traducción de la Fenomenología del Espíritu, encuentro las siguientes afirmaciones de Hegel referidas a Platón, a saber: "Al hablar de la unidad del ser y la nada ponemos acento en la unidad, y entonces desaparece la diferencia (...)Pero Platón lo que busca es mantener a la vez en pie esa diferencia".No obstante, añade, "no en todos los diálogos de Platón se llega a esa determinación; ese alto sentido está contenido en especial en el Filebo y en el Parménides."
En el Filebo Platón investiga la naturaleza del placer. Parte del placer sensible y lo define como lo infinito. En palabras de Hegel, para la reflexión lo infinito es lo superior, lo supremo; pero lo infinito es precisamente lo indeterminado. Peras, el límite, parece ser peor que lo apeiron, lo carente de límites, pero para Platón es al revés. El límite, lo limitado, es lo verdadero, lo que se limita a sí mismo; en cambio lo ilimitado es todavía abstracto (inconsciente, de nuevo en términos psicológicos). "El placer es lo ilimitado que no se determina y circunscribe a sí mismo, sólo el nous (entendimiento) es el determinar activo.(...) Lo finito es el límite, la proporción, la medida, la libre determinación inmanente, con la que y en la que está la libertad"
Volviendo al principio, que era el final, estos límites son los que yo busco conquistar en la danza para sentirme libre. Éstos, los pares de opuestos, y no la diferencia entre fenómeno y noúmeno, deben ser nuestras herramientas de trabajo. Distinguir lo que nosotros percibimos de lo que sea la cosa en sí no nos lleva a ningún sitio, más que a guardar silencio...



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